martes, 30 de junio de 2009

Jardín


Farolas a la entrada del túnel de la bahía. La Habana.

Anón


¿Cuándo fue la última vez que te comiste un anón? O quizás sería mejor preguntar: ¿Alguna vez en tu vida te has comido un anón? Yo conozco a más de uno que no, que no tienen la menor idea de cómo sabe, que nunca lo ha tenido en las manos, lo ha palpado suavecito para ver si está maduro, lo ha partido en dos, se ha embriagado con su perfume, se ha metido la pulpa blanquísima en la boca, ha escupido las semillas… Gente de ciudad, criaturas de asfalto. Gente joven que solo conoce las frutas que venden en los puestos y los mercados agropecuarios: naranjas, mangos, piñas, guayabas, frutabombas; pero no sabe de anones, caimitos, nísperos, marañones…
¿Cuándo fue la última vez que te comiste una fruta debajo de la mata? Recién arrancada, todavía húmeda por el rocío. Fresca, fresquísima. ¿Cuándo fue la última vez que te subiste a la mata, de rama en rama hasta llegar a la fruta prometida, a la chirimoya más voluptuosa, la que está a punto de reventar y caer al piso?
O quizás sería mejor preguntar: ¿alguna vez te has subido a lo más alto de una mata a coger una fruta madura? Porque yo conozco a más de uno que no, que no ha experimentado nunca la deliciosa sensación de comerse un mango a seis metros del piso, temeroso de caerte y fracturarte las costillas.
A uno, que prácticamente nació en el campo, que vivió toda su infancia cerquita de las arboledas, esas cosas le parecen naturales. Recuerdo a mis primos de La Habana cuando iban de visita a la casa de mi abuela, en Sabanita, un caserío que no aparece ni en los mapas. Nos veían subir a las matas como monos y se quedaban abajo, azorados, esperando a que le lanzáramos mameyes o anoncillos.
Nos íbamos de excursión campo adentro (en realidad no nos alejábamos mucho de la casa, no fuera a ser que mi abuela se preocupara) hasta una arboleda pequeña que había en medio de un sembradío.
Yo me sentía importante porque mis primos se aparecían con un caimito en la mano y preguntaban: ¿esto se come? Claro que se come. ¿Está maduro? Más o menos. ¿Me lo como con cáscara o sin cáscara? Te lo comes así... Debió haber sido una experiencia maravillosa esa de probar una fruta por primera vez en la vida, una fruta que nunca antes habías visto, que ni sabías que existía, decidir si te gusta o no te gusta, comerte otra si te quedaste con ganas.
Es algo que yo nunca he experimentado: no puedo acordarme, por ejemplo, de la primera vez que me comí un anón.
Pensándolo bien, tampoco puedo acordarme ya de la última.

Bailarines (I)


Danza Contemporánea de Cuba en Demo-n/crazy, de Rafael Bonachela. Gran Teatro de La Habana, junio de 2009.

Fachadas (II)


Edificio en Centro Habana, junto al parque de El Curita...

miércoles, 17 de junio de 2009

La autonomía de la danza



DanzAbierta, una de las más singulares compañías de la danza contemporánea en Cuba ha estrenado en el teatro Mella MalSon, la más reciente coreografía de la española Susana Pous. Aunque hablar aquí de coreografía resulta casi insuficiente, porque Malson, que cuenta con banda sonora e imágenes de X Alfonso, es un espectáculo audiovisual mucho más integrador. He aquí una pieza inquietante, que se apropia con originalidad y fuerza de gestos, estados de ánimo, fragmentos de cotidianidad, para transformarlos y devolverlos dotados de un sentido nuevo, alucinante. Es, en definitiva, una reivindicación de la autonomía de la danza, de su capacidad de estructurar un sistema propio, que establece lazos con lo convencional (el paisaje citadino, la gente, las rutinas), pero que lo trasciende. Los cuadros que conforman la obra transitan sin traumas de la abstracción a la diafanidad metafórica, del lirismo a la violencia, del humor algo sardónico al dramatismo.

Es plausible la coherencia con que se integra el movimiento con el singular entorno audiovisual, el diálogo que se establece entre lo interpretado en vivo y lo proyectado (de alto vuelo, por ejemplo, el “pas de deux” en el Malecón: el bailarín, el escenario; la bailarina, pura ilusión). La coreografía quizás se resienta por cierta cacofonía en la estructura, pero en todo caso la singularidad temática de cada cuadro la preservan de la monotonía. La obra está asumida con fuerza e inspiración por los bailarines de DanzAbierta, una compañía que ha marcado hitos en la historia de la danza de los últimos años en Cuba.

Estatuas ecuestres: Simón Bolívar




Monumento al Libertador Simón Bolívar. Avenida de los Presidentes (Calle G), entre 15 y 13, Vedado, La Habana.

lunes, 1 de junio de 2009

La belleza caprichosa de las cosas

Sasha Waltz parece decirnos que la más encantadora poesía, la más raigal y la más diáfana, es la que habita en la cotidianidad, en nuestro día a día. La compañía de la célebre coreógrafa alemana ha presentado en el Gran Teatro de La Habana uno de sus montajes imprescindibles: Zweiland (Doble país). Se trata de atrapar pedazos aparentemente inconexos de ese todo que es el paisaje urbano, de mezclarlos, contrastarlos para otorgarles nuevos significados, todo marcado por esa vocación surrealista que caracteriza buena parte de la obra de Sasha.

De la hilaridad a la tragedia, de la vertiginosidad al lirismo: Zweiland transita por disímiles sentimientos y estados de ánimo, volcados en metáforas visuales de alto vuelo, más o menos vinculadas a un contexto específico, pero siempre sugerentes. Todo fluye en Zweiland, pero nada parece casual.

Es contundente la manera en que se integran movimiento, escenografía y banda sonora, hasta el punto de que uno tiene la impresión de que se borran los límites. Zweiland se detiene en la belleza muchas veces caprichosa de las cosas, en lo paradójico de las relaciones humanas, en la relación del individuo con el grupo, en la búsqueda de la felicidad…

Pasajes de Zweiland, montaje de Sasha Waltz presentado en el Gran Teatro de La Habana.

Dos siglos de Plácido


El Festival Internacional de Poesía, que concluyó recientemente en La Habana, rindió homenaje al destacado poeta cubano Gabriel de la Concepción Valdés, en ocasión del bicentenario de su nacimiento. A estas alturas nadie pone en duda la singularidad y el valor de un poeta que llegó a convertirse en ídolo popular, a pesar, muchas veces, de la valoración que de su obra hicieron algunas elites literarias. Plácido no alcanzó quizás la profundidad conceptual, el calado filosófico, la contundencia formal de algunos de sus poetas contemporáneos: el inmenso Heredia, por ejemplo. Pero comparar resulta mezquino, porque su obra –con todo y los altibajos de su inspiración, o el imperio de sus circunstancias- atesora valores suficientes para constituirse en referente, en patrimonio inobjetable de literatura cubana. Su extraordinario sentido del ritmo, su habilidad para versificar, la brillantez de sus imágenes y descripciones (aun la de las más caprichosas), la eufonía de sus versos, la pujanza de su imaginación lo convirtieron en un poeta popular. Atrapó el espíritu juguetón de las islas, la sensualidad natural del criollo, la voluptuosa fascinación por lo bello. Fue más pródigo cantando las alegrías que los dolores (a pesar de que tuvo una vida azarosa y carente), aunque es posible encontrar en su obra ejemplos de profundo desgarramiento. La gente hizo suyos sus poemas, porque se ofrecían sin aspavientos. La suya fue una existencia marcada por las atrocidades del régimen colonial: hijo de blanca y mulato, fruto de relaciones consideradas ilegítimas, lo persiguió siempre el fantasma del recelo y los prejuicios. Su respuesta fue crear: su estrella y su cruz.

Gabriel de la Concepción Valdés (1809-1844), poeta cubano.