
Farolas a la entrada del túnel de la bahía. La Habana.


Es plausible la coherencia con que se integra el movimiento con el singular entorno audiovisual, el diálogo que se establece entre lo interpretado en vivo y lo proyectado (de alto vuelo, por ejemplo, el “pas de deux” en el Malecón: el bailarín, el escenario; la bailarina, pura ilusión). La coreografía quizás se resienta por cierta cacofonía en la estructura, pero en todo caso la singularidad temática de cada cuadro la preservan de la monotonía. La obra está asumida con fuerza e inspiración por los bailarines de DanzAbierta, una compañía que ha marcado hitos en la historia de la danza de los últimos años en Cuba.
Sasha Waltz parece decirnos que la más encantadora poesía, la más raigal y la más diáfana, es la que habita en la cotidianidad, en nuestro día a día. La compañía de la célebre coreógrafa alemana ha presentado en el Gran Teatro de La Habana uno de sus montajes imprescindibles: Zweiland (Doble país). Se trata de atrapar pedazos aparentemente inconexos de ese todo que es el paisaje urbano, de mezclarlos, contrastarlos para otorgarles nuevos significados, todo marcado por esa vocación surrealista que caracteriza buena parte de la obra de Sasha.
De la hilaridad a la tragedia, de la vertiginosidad al lirismo: Zweiland transita por disímiles sentimientos y estados de ánimo, volcados en metáforas visuales de alto vuelo, más o menos vinculadas a un contexto específico, pero siempre sugerentes. Todo fluye en Zweiland, pero nada parece casual.
Es contundente la manera en que se integran movimiento, escenografía y banda sonora, hasta el punto de que uno tiene la impresión de que se borran los límites. Zweiland se detiene en la belleza muchas veces caprichosa de las cosas, en lo paradójico de las relaciones humanas, en la relación del individuo con el grupo, en la búsqueda de la felicidad…
Pasajes de Zweiland, montaje de Sasha Waltz presentado en el Gran Teatro de La Habana.
