domingo, 26 de julio de 2009

Henry James: cazador de fantasmas


Hay quien mira con ojeriza el estilo de Henry James por considerarlo demasiado descriptivo, algo rocambolesco, un tanto lánguido… Para gustos, los autores. Pero lo cierto es que en buena parte de sus textos, el estilo es fundamental a la hora de darles cuerpo y peso a las historias, a la hora de dotarlos de magia y misterio. Desprovistos de esta “telaraña”, algunos de sus relatos pudieran parecer mucho menos contundentes. Henry James, más que un creador de peripecias (que lo es, en cierto sentido) es un recreador de atmósferas, un hábil observador de la naturaleza humana. Cronista de una época demasiado celosa de sus secretos, James explora más allá de la epidermis, de las poses, de la apariencia sosegada. Es un cazador de fantasmas.
Hay quien mira con ojeriza las historias de fantasmas de Henry James por considerarlas demasiado poéticas, demasiado psicológicas. Más que de criaturas sobrenaturales, mondas y lirondas, James parece ocuparse de nuestros sueños, de nuestras obsesiones, de las criaturas que nosotros mismos nos inventamos. ¿O no? Ahí está, precisamente, la mayor virtud de sus relatos: lo insólito se imbrica de tal manera con lo cotidiano que es difícil descubrir los límites.
Henry James es un maestro del relato de misterio porque lo asume con toda su turbadora carga de realidad.

La editorial Arte y Literatura ha publicado Historias de fantasmas, de Henry James, que incluye los relatos El altar de los muertos y La alegre esquina.

Acampadas


Ya que nos vamos a poner nostálgicos, a evocar bellos momentos de la niñez, me recuerdo ahora, con diez u once años, despierto por primera vez a las dos de la madrugada, por primera vez acostado bajo el cielo estrellado, no en una cama, sino sobre una sábana puesta sobre la hierba, a unos kilómetros de mi casa, en pleno campo, rodeado de mis compañeros de aula que hacían cuentos de aparecidos y criminales mientras los maestros mandaban a callar, a dormir, a estarse quieto. Yo miraba las estrellas y no podía pegar un ojo; no por la emoción de asistir a ese espectáculo inefable que es un cielo sin nubes, de noche, lejos de las luces de la ciudad; ni siquiera por miedo al fantasma de la muchacha que se había ahogado en el río hacía unos cuantos años, allí cerca, y que aparecía por las madrugadas a llorar sus penas de muerta virgen; no, no podía dormir de pura incomodidad, por el cansancio, por el calor, por los mosquitos, por el ulular de sabe Dios que bicho campestre, por los sudores acumulados después de una caminata de unos cuantos kilómetros, por el olor a humo de fogata que se había impregnado a la ropa, por la hierba húmeda, por las hormigas que me subían pierna arriba, en fin, por esa sensación de vulnerabilidad que me provocaba estar lejos de mi mamá, por la humillación de ver lo bien que la pasaban mis amigos, lo bien que se las arreglaban con sus mochilas y sus hamacas, lo contentos que estaban por aquella noche de libertad. Mientras que yo, niño tonto que se emocionaba leyendo aventuras de Tom Sawyer, no alcanzaba a disfrutar mi primera aventura, mi propia aventura, pues estaba demasiado preocupado porque al otro día había que hacer nudos de exploradores, complicadísimos nudos para amarrar no sé que cosas, nudos que te explicaban en un manual con dibujos que a mí, que ni siquiera sabía amarrarme bien los zapatos, me parecían ininteligibles. Al final, por supuesto, el sueño me venció, y dos o tres horas después el guía base estaba halándome la sábana, para que me levantara, para que tomara el desayuno –un desayuno malísimo-, para que, medio dormido, hiciera fila con los demás frente a los restos humeantes de la fogata, para que gritáramos el lema, a todo pulmón y para decirnos que ya estaba bien, que regresábamos, que venía una guagua a buscarnos para que no tuviéramos que dar esa caminata de nuevo, que no habría competencia de nudos ni nada por el estilo, que nos fijáramos bien si no se nos había quedado nada, no fuera a ser que dejáramos regada una sábana, o un pozuelo, o cualquier otra cosa en medio del campo mojado.

jueves, 23 de julio de 2009

Locomotoras de vapor

He estado leyendo El tren pasa primero, un libro hermoso de Elena Poniatowska que habla, obviamente, de trenes, de locomotoras, de vagones de carga y vagones de pasajeros, de pasajeros que se arremolinan en las estaciones, de maquinistas y conductores, de rieles, de intersecciones, de pasos a nivel, del pito largo del tren en la madrugada, que suena como a quejido, a llanto de niño, que recorre los campos mojados por el rocío, o las calles neblinosas, que atraviesa las paredes de la casa, que se cuela en el cuarto oscuro donde todavía dormimos y nos despierta.

Dios mío, cuánta nostalgia: me recuerdo en casa de mi abuela, en pleno campo, con cinco o seis años, acurrucado en la cama debajo de tres colchas —entonces creo que hacía más frío que ahora, nunca más me he vuelto a tapar con tres colchas— sobresaltado por el silbato repentino del tren cañero, que pasaba a más de cien metros de la casa pero que sonaba ahí mismo; es más, hasta podías escuchar, clarito clarito, los gritos del maquinista, sus órdenes al ayudante, el traqueteo de las ruedas, tatrán-tatrán, tatrán-tatrán, tatrán-tatrán, psssssssssssss… el suspiro de las válvulas de freno: así de ligero es el aire de la madrugada en el campo.

Como a casi todos los personajes que pinta Poniatowska en esa novela suya, a mí me gustaban mucho los trenes –y me gustan, siempre que no los esté esperando en una estación y vengan con cinco horas de atraso. Cuando mi abuelo me preguntaba qué quería ser cuando fuera grande, le contestaba: chofer de locomotora. Maquinista, rectificaba él y se reía. A mi abuela, la verdad, no le gustaba mucho: eso es demasiado peligroso, a mí me gustaría más que fueras periodista o locutor del noticiero.

Al final terminé complaciéndola, pero a estas alturas todavía me embeleso como un niño ante el espectáculo maravilloso de dos o tres locomotoras maniobrando en un andén. O me sorprendo contando los vagones de un tren que pasa. Incluso me gustan, vaya morbo, los cementerios de trenes, como el que hay en las afueras de la terminal de Morón, repleto de vagones desguazados, o el que han emplazado recientemente detrás del Capitolio.


Ese me gusta más, porque allí duermen el sueño eterno viejas locomotoras de vapor, que son las locomotoras más hermosas que se han inventado –como bien dice Poniatowska. Yo alcancé a verlas rodar, bufando por las líneas de mi pueblo, rumbo al central. Más que máquinas, parecían extrañas criaturas antediluvianas. Si te acercabas un poco, podías escuchar su respiración, sentir el calor de su cuerpo. Y ahora yacen aquí, amontonadas, frías y herrumbrosas: el inventario de sus viajes y sus glorias se pierde poco a poco en el olvido. Ahora todo es silencio. Que en paz descansen.

Publicado en Alma Mater, mayo de 2008. Fotos: julio de 2009.

Fachadas (IV)


Antiguo hotel Packard, La Habana Vieja.

Bailarines (II)

Un ensayo del Royal Ballet en Cuba, Gran Teatro de La Habana, 14 de julio de 2009.

Edwar Watson y Mara Galeazzi en Chroma.

Federico Bonelli y Sarah Lamb en Chroma.

José Martín y Laura Morera en Voces de la primavera.

Tamara Rojo y Carlos Acosta en El Corsario.

Zenaida Yanowsky en Un mes en el campo.