lunes, 26 de octubre de 2009

Bustos (I)

Monumento a Ernest Hemingway, inaugurado en Cojímar en julio de 1962.

Hierros, silencio, soledad

Pasé unas cortas vacaciones en mi pueblo natal, en la casa de mis padres (que sigue siendo mi casa en tanto no tenga otra), y una de esas tardes amelcochadas en que uno no encuentra nada que hacer, me decidí a dar un paseíllo por calles y barrios por los que no pasaba desde hacía años, más de quince, que vienen siendo muchos para quien todavía no ha cumplido treinta. Andando y andando, recordando y recordando, llegué a la vieja fábrica de levadura, que está en las afueras del pueblo. Una armazón de metal y concreto, bastante grande, si tenemos en cuenta la escala constructiva de un poblado de provincias. La Torula llamábamos a esa fábrica, porque creo que así se denominaba esa levadura que servía para alimentar el ganado, a partir de subproductos de la caña de azúcar; o porque ese era el nombre de la tecnología, o qué sé yo por qué la llamábamos la Torula, aunque debería saberlo, porque cuando estaba en séptimo grado integré un círculo de interés de tecnología azucarera (a estas alturas todavía no sé qué hacía yo, tan poco dado a las tecnologías, en ese círculo tan especializado) y una de las actividades prácticas fue un recorrido por esa fábrica. Eso sí me gustó, para que vean, porque fue mi primera visita a una fábrica de verdad, llena de maquinarias y ruidos, y vapores, y esteras y mucha gente moviéndose de aquí para allá. Resulta francamente hechizante asistir a un auténtico proceso fabril, ver que algo entra por un lado y una hora después sale por el otro transformado en una cosa completamente distinta. Una tarde entera estuvimos en aquella fábrica, para envidia de nuestros compañeros de aula que integraban círculos de interés un poco más convencionales, por ejemplo, Comercio y Gastronomía. No me negarán que entrar a una fábrica de verdad es mucho más interesante que meterse en el almacén de una tienda por departamentos. Me he parado otra vez frente a la puerta de la Torula, quince años después. La fábrica, evidentemente, estaba cerrada. Seguro dejó de ser rentable. No había un alma por todo aquello, no se escuchaba un grillo. De pronto descubrí una anciana, en la destartalada garita, tratando de abrir un coco con un machete. Me miró un instante, extrañada, como si le sorprendiera que alguien se aventurara por allí a esas horas, y siguió ocupada con su coco. Regresé a mi casa, lentamente, casi llorando de nostalgia. Con los años las cosas cambian de forma, de tamaño, de color. Si esto es a los treinta, no quiero ver cómo será a los ochenta.

Publicado en Alma Mater, marzo de 2007


Fábrica de tableros. Primero de Enero (Violeta), Ciego de Ávila

domingo, 18 de octubre de 2009

Ángeles (I)


Ángel en una de las torres del Gran Teatro de La Habana.

Gades, otra vez en La Habana


Antonio Gades nació español pero también quiso ser cubano. El bailaor, una de las más grandes leyendas del flamenco, hizo de esta Isla su segunda casa, aquí cultivó profundas amistades, entregó una y otra vez su arte raigal, compartió sueños y batallas. Aquí reposa para siempre, acunado por el cariño de un pueblo que lo sintió suyo. El Museo Nacional de Bellas Artes exhibe desde el pasado viernes la exposición Antonio Gades, 50 años de danza española, que traza –mediante textos, fotografías y carteles- el itinerario artístico del bailarín y coreógrafo. La muestra, organizada por la fundación que lleva el nombre del artista, estará abierta hasta el 13 de noviembre.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Fachadas (VI)

Fachada lateral de la Lonja del Comercio, La Habana.

Alihaydée regresa al Gran Teatro

No podía ser otro el lugar, no podría ser otro el ballet: después de algunos años de ausencia, la primera bailarina Alihaydée Carreño se ha reencontrado con el público cubano en el que ha sido el escenario de sus más grandes éxitos: el Gran Teatro de La Habana. Y bailando uno de los roles que la consagraron: Giselle.El Ballet de Camagüey presentó el pasado fin de semana una temporada que incluyó el estreno en Cuba de su nueva versión de ese clásico, responsabilidad del coreógrafo José Antonio Chávez.

En la función del sábado, subió a escena Alihaydée como bailarina invitada, acompañada por el joven y prometedor bailarín Ledián Soto. El teatro, por supuesto, estaba repleto. Alihaydée ha contado siempre con una legión de fidelísimos seguidores, que la descubrieron en las presentaciones de la Escuela Nacional de Ballet, que la aplaudieron en sus primeros papeles de importancia con el Ballet Nacional de Cuba, que asistieron a sus memorables funciones de los clásicos… Las expectativas eran muchas y ella estuvo a la altura. Desde que salió (el público la acompañó con aplausos durante casi todo el primer bailable) se notó serena, segura, con pleno dominio de la técnica, y, lo principal, dueña absoluta de su personaje. Su Giselle es la de siempre: de subyugante personalidad, de peculiar fuerza expresiva, de contagiosa inspiración. Y luego, su belleza, su sonrisa única, su inefable ángel.

Toda función tiene sus grandes momentos y en esta abundaron: la iniciación del segundo acto, ejecutada con virtuosismo, particularmente notable en el giro y el equilibrio; la salida del personaje en el primer acto, pletórica de buena energía y vitalidad; su personalísima escena de la locura (a algunos podrá parecer un alarde de intensidad dramática) cerrada con el golpe de efecto de una “muerte” operática...

Pero lo que más complace a este redactor es el desdoblamiento de Alihaydée, capaz de asumir con igual convicción dos caras muy distintas de una misma moneda: la Giselle alegre y terrenal del primer acto, y el espíritu esencialmente etéreo del segundo. Dicen que hay bailarinas que piensan un ballet. Alihaydée Carreño, obviamente, lo vive, con todas las satisfacciones y riesgos que esa circunstancia implica.

Gran Teatro de La Habana. Sábado 10 de octubre de 2009. Fotos: Nancy Reyes