martes, 29 de diciembre de 2009

La Bella del Alhambra celebra aniversario




El cine Chaplin acogió el lunes 28 de diciembre a parte del equipo de realización de La bella del Alhambra, encabezado por su director Enrique Pineda Barnet, para celebrar los veinte años del estreno de la importante película.

Estreno teatral: Plácido

En Plácido, de Mefisto Teatro asistimos a un regodeo en el rito de la representación, a una evidente voluntad de explicitar su potencial expresivo. Con mayor o menor énfasis, los espectáculos de Tony Díaz devienen tributo al teatro desde el teatro mismo. Aquí, quizás más que en otras obras, el director se ocupa de que cada elemento de la puesta en escena aporte una buena dosis de significación a la historia. En este montaje todo tiende a lo metafórico. Y el director no pretende disimularlo.

En principio, nada que objetar. De hecho, uno de los más conseguidos pasajes de Plácido –el que precisamente devela al espectador los presupuestos de la puesta- descansa plenamente en esa vocación: la fiesta de la alta sociedad a la que es invitado el protagonista es una especie de retablo; los asistentes remedan títeres, marionetas, como para remarcar la caricaturesca y maniquea previsibilidad de sus procederes.

Pero a medida que la historia avanza, resulta que tanta grandilocuencia escénica, más que redondear el texto de Gerardo Fulleda León, lo emula. Esta circunstancia se hace más notable en los momentos de marcado dramatismo, en los que la puesta puede llegar a ser excesivamente declamatoria.

Mejor logradas están las escenas hilarantes (como en buena parte de la producción de Fulleda, en Plácido lo dramático contrapuntea constantemente con lo cómico, algo que Tony Díaz remarca con buena fortuna). Ahí resulta más orgánica la relación del entramado escénico con lo que se dice y hace, quizás porque la farsa asimila mejor el subrayado.

Plácido se presenta en la sala Tito Junco. Fotos: CNIAE.

Estatuas ecuestres (III)




Monumento al Generalísimo Máximo Gómez, obra del escultor italiano Aldo Gamba. Rotonda del Túnel de la Bahía. La Habana Vieja.

viernes, 18 de diciembre de 2009

La sinfonía pastoral de John Kinsella


En su cuaderno El silo: una sinfonía pastoral, John Kinsella (1963) retrata una Australia rural, de grandes sembradíos, de extensiones de tierra que reciben el sol de la mañana, de sudor del hombre de campo, de apacible y rudo devenir, de silencios, de sutiles melodías… Es Australia, pero en esencia, pudiera ser miles de lugares: la brisa que despeina al trigo es la misma que acaricia los campos de romerillo. Pero no espere el lector un ambiente adormecedor: el paisaje aquí, en todo caso, es escenario: esta "sinfonía" está protagonizada por hombres y mujeres, criaturas que no parecen tener demasiada conciencia de que la poesía, en definitiva, está en todas partes.
Se ha dicho muchas veces: en cualquier recodo del camino hay un poema escondido: el poeta sabe verlo mejor que nosotros: el poeta nos descubre la sutil belleza del mundo. Como en este texto, incluido en el libro: El pájaro visto aquí por primera vez/ en cuarenta años canta con diligencia/ desde el alambre, te viras para tocar/ el hombre de un amigo/ y cuando vuelven a tornarse juntos/ no encuentran nada que no sea cielo/ y el hilo tembloroso.
Muchas veces hemos visto el pájaro, pero quizás no habíamos reparado en el poema. John Kinsella no renuncia a hablar con el hombre común, casi con sus mismas palabras, pero desde un universo lírico convincente, desde la dimensión en que el mundo se transforma en materia de sueños.

El silo: una sinfonía pastoral, del poeta australiano Jonh Kinsella, está publicado en Cuba por la editorial Arte y Literatura. Foto: Tomada de Internet.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Tres relatos de Ana María Matute

He leído un pequeñísimo libro de relatos de la española Ana María Matute (Barcelona, 1926). Una pequeña joya, como se suele decir. Son solo tres textos (Los de la tienda, El maestro y Toda la brutalidad del mundo), pero bastan para comprender la grandeza de una obra. Son tres relatos ejemplares.
Aquí está, por si hiciera falta, otra prueba de que desde la delicadeza estilística se puede retratar con fuerza e intensidad el desgarramiento, la violencia, el miedo... Ana María Matute cuenta sus dramáticas historias con la suavidad de quien escribe un libro de cuentos para niños. (Un apacible libro de cuentos, se entiende). En la superficie -la prosa- todo transcurre serenamente; en el interior estalla un volcán. La sencillez es su premisa: esa facilidad para describir con tres o cuatro frases todo un estado de ánimo, una atmósfera. Y luego, su tino para dotar de peculiar aliento (también con tres o cuatro frases, con dos líneas de diálogo) a sus más pequeños personajes.
Al principio, las historias parecen que no van acabar, que el final quedará abierto. Pero después -sutil, milagrosamente- se cierra el círculo. Todo fluye tan equilibradamente, que parece que a Ana María Matute le brotan sus relatos de un tirón, redondos y brillantes, incorregibles.
Puede que no sea así, pero lo parece.

Relatos, de Ana María Matute ha sido publicado por Plaza Janés. Foto: EFE.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Casi-casa, de Mats Ek

La danza, para Mats Ek, nunca es abstracta. La danza es lenguaje, expresividad, oportunidad para comunicarse…Uno ve Casi-casa, la coreografía que ha concebido para Danza Contemporánea de Cuba, y nota enseguida esa voluntad de trascender lo meramente físico. Mats Ek utiliza el movimiento como vehículo, como materia prima...

Pero no se trata de una relación meramente funcional. El movimiento es medio, pero también es, de cierta forma, fin. La estilización es evidente, la búsqueda de la peculiaridad, de la armonía esencial... Eso sí, nunca será un itinerario hueco, superficial, caprichoso. La poética de Ek, su sentido de lo danzable, están sustentados en una investigación enjundiosa, en un proceso de asimilación, jerarquización y síntesis de esa coreografía vital que nos es inherente: nuestra "coreografía", nuestra manera de andar por el mundo. Pueden reconocerse, aquí y allá, fragmentos de cotidianidad. Mas el coreógrafo no se deja seducir por lo "colorista", por el efectismo simplón, por la falsa espectacularidad.

La metáfora tiene altísimo vuelo, pero nunca resulta rebuscada; las imágenes, incluso las más inquietantes, son de una poesía sutil y seductora. En Casi-casa (inspirada en dos anteriores coreografías del creador: El Apartamento y Fluke), Ek explora en el movedizo terreno de las relaciones humanas, del efecto a veces devastador, (pero también inspirador, exorcizante) del grupo y del contexto sobre el individuo. No es una puesta simple, exige quizás más de una visita, pero precisamente ahí radica su encanto: en la oportunidad de ir descubriendo nuevas aristas, nuevos derroteros.
Danza Contemporánea de Cuba en Casi-casa, coreografía del sueco Mats Ek. Gran Teatro de La Habana. Diciembre de 2009. Fotos: Nancy Reyes.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Bustos (II)


Andrés Eloy Blanco, Poeta Nacional de Venezuela. Busto en la Calle Línea y H, Vedado, La Habana.


Nocturno de Bujara: Sergio Pitol

Sergio Pitol, se sabe, es un viajero impenitente: ha ido prodigando cuentos, novelas, ensayos y crónicas por medio mundo. Sus escenarios son variopintos, sus protagonistas, ciudadanos del universo. Pero no estamos ante un escritor que hace alarde de su abultado itinerario, no al menos en el sentido de dotar a su obra de un cosmopolitismo a ultranza. Los relatos de su libro Nocturno de Bujara no describen una ciudad, un país, sus habitantes, como lo haría una ordinaria guía de viajes. Pitol es un gran recreador. Varsovia, Viena, Samarcanda, Bujara, Venecia tienen aquí la consistencia de los ensoñaciones del autor, de su extraordinaria capacidad de fabular. Más importante que la exactitud del retrato es la profundidad y la verosimilitud de la atmósfera. Porque en estos relatos, marcados por un singular extrañamiento, la atmósfera es vital: la trama muchas veces termina diluyéndose en ella, delicadamente, dejando en el lector una inquietante sensación de sorpresa.

No se trata de que Pitol escamotee peripecias, que se regodee en poéticas divagaciones: aquí siempre está sucediendo algo. Las historias atrapan al lector, no le dan respiro. El autor despliega el extraordinario caudal de su inquieta imaginación, aderezado por una cultura contundente, por una exquisita sensibilidad que se prodiga sin exhibicionismo. Todo está puesto en función de una voluntad lúdica. Pitol juega con la literatura (juego bien serio, pero juego al fin). Literatura dentro de la literatura; el acto mismo de la creación, de la invención de sucesos y ambientes es sometido aquí a un singular escrutinio. Algo de ensayo literario tienen estas páginas, pero nada de engolamiento, de pedantería, de didactismo...

En el fondo late una fascinación por la escritura, por la posibilidad de recrear un universo. Con sutileza, Pitol establece el contraste entre una realidad gris, rutinaria, el día a día de cualquiera de nosotros y las subyugantes aventuras de la ficción; entre persona y personaje; mundo real y mundo inventado. Pitol es un contador de cuentos, aprovecha la eterna disposición humana a escuchar y deleitarse con una historia fuera de lo común, sin que necesariamente haya una moraleja o una enseñanza más o menos explícita. Contar por el placer de contar, escuchar por el placer de escuchar, al menos a primera lectura. Pero el narrador (que, por supuesto, no es exactamente el autor) deja establecido, en todo caso, que buena parte de estos acontecimientos pertenecen al mundo de lo imaginado.


La prosa es elegante, diáfana, precisa. Qué facilidad para encontrar las palabras justas para expresar un sentimiento, una acción, describir un ambiente. Qué fluidez en el ritmo. Qué eufonía. No huye del adjetivo, pero lo dota de una esclarecedora significación; no evita la observación profunda, culta, pero nunca sacrifica la viveza de la exposición. No se trata, sin embargo, de una lectura demasiado fácil: Pitol exige compromiso y dedicación del lector, pero lo premia con imágenes de sutil belleza, de estudiada sensualidad. Y luego hay una exploración en las potencialidades del lenguaje escrito, que llega incluso a ponerlo en tensión con la norma (Asimetría, uno de los relatos, es un ejemplo), sin que se trate nunca de una experimentación estéril, una vocación superficialmente trasgresora.

Nocturno de Bujara, de Sergio Pitol, fue publicado en 2008 por el Fonde Editorial de Casa de las Américas. Fotos: Tomadas de Internet.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Ángeles (II)

En el Cementerio de Colón. La Habana.

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Festival de Cine de La Habana: Hiroshima

Uno tiene que saber muy bien qué es lo que va a ver cuando va a ver Hiroshima, de Pablo Stoll (Uruguay). De lo contrario la experiencia puede resultar desconcertante. Estamos ante un filme singular, que pone a prueba nuestra capacidad de asimilar lo que se sale de la convención. Para bien o para mal. No es que esta sea una película novedosa, que ponga patas arriba nuestras nociones de dramaturgia. De hecho, este "musical mudo" es bastante aristotélico. Pero sucede que la baja intensidad de los conflictos (al menos desde el punto de vista epidérmico), el extraodinario sosiego con que está contada la historia, y el protagonismo indiscutible de la banda sonora (como en el cine silente, aquí no se dice una palabra; aquí solo se escuchan los ruidos del ambiente y la música), sucede que la conjunción de todos estos elementos puede llegar a aburrir a buena parte de los espectadores. Hiroshima se ocupa, en definitiva, de las pequeñas historias cotidianas, del diario íntimo de una persona común (¿es que de verdad puede hablarse de una persona común?). El espectador debe asumir el rol del voyeur (en el mejor sentido del término, si es que lo tiene) y seguir de cerca el itinerario de alguien, un desconocido, que perfectamente pudo haberse cruzado en nuestro camino. Nos sorprenderíamos al descubrir que tan peculiares pueden ser las existencias ajenas.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Festival de Cine de La Habana: Backyard

Otra película sobre la violencia en México, otra crónica descarnada de la tragedia, otra mirada que denuncia, otro alegato: Backyard (El traspatio), de Carlos Carrera. La historia entra de lleno y sin medias tintas en un conflicto que tiene múltiples aristas, muchos actores: victimarios de todas las calañas, víctimas de todos los estratos. Y también victimarios que devienen víctimas. Y viceversa… Es que el fenómeno ha alcanzado dimensiones prácticamente sistémicas: de esa circunstancia se ocupa Carrera, a partir de un guión ágil, que expone con diafanidad y contundencia. La puesta está muy bien concebida: son particularmente notables la fotografía, la edición, el maquillaje y los efectos visuales. Se trata de una visualidad que no escamotea violencia, horror, imágenes perturbadoras; pero que no hace concesiones a la morbosidad, al frívolo regodeo. Los personajes, más allá de algún que otro subrayado (el gobernador y su entorno, por ejemplo) están bien construidos, bien matizados. Y los actores les sacan partido. El traspatio es un filme comprometido, contestatario, pero no se permite ser retórico o demagógico. Tampoco pontifica, ni pretende ofrecer soluciones… Resulta, en definitiva, un estremecedor llamado de atención, que deja flotando una inquietante certeza: la ficción no puede superar el nivel de violencia de la vida misma, de la más cotidiana realidad…

martes, 8 de diciembre de 2009

Festival de Cine de La Habana: Navidad

Sebastián Lelio presenta en el Festival una película intimista: solo tres personajes, prácticamente una sola locación. Navidad (Chile) explora el complejo universo del adolescente, sustentada en la tan llevada y traída fórmula del día de las decisiones, del antes y el después, el momento en que se definen los caminos... Como en tantos otros filmes por el estilo, asistimos aquí al maratón de la madurez, del dejar de ser niños y comenzar a ser adultos en una sola noche. Solo que en este caso, más que de peripecias físicas, se trata de un maratón verbal. No es que esté mal escrita, no es que esté mal armada, pero a Navidad le vendría bien un poco más de acción, de “coreografía”. El texto pierde por momentos intensidad, se hace monótono. Y la puesta no es capaz de atajar esa circunstancia. La fotografía privilegia en demasía los primeros planos y los planos medios (quizás para tributar al carácter intimista del guión, pero en todo caso lo que hace es subrayarlo); la iluminación –por necesidades de la historia- está diseñada sobre la semioscuridad, lo que no brinda demasiadas oportunidades al contraste. Los personajes en principio están bien construidos, pero algunas de sus acciones no encuentran raíces o asideros lo suficientemente sólidos: la escena de sexo de las postrimerías es un ejemplo; uno no sabe muy bien cómo y por qué se llegó a esa situación (lo que no quiere decir que resultara insólita o incoherente, es un problema de progresión). Navidad, en fin, es una película filmada con sensibilidad y sutileza. Una mirada nada tremendista y bastante equilibrada (a pesar de que los protagonistas no escatiman conflictos) a un tema frecuentemente frivolizado…

Festival de Cine de La Habana: Un lugar lejano

La búsqueda de un tiempo, de un lugar perdidos, añorados, asumidos más allá de lo palpable, ha sido sustancia de infinidad de libros y películas. Sobran ejemplos celebérrimos; es uno de esos temas inagotables. José Ramón Nóvoa transita ese camino con su filme Un lugar lejano, basado en una novela de Fernando Butazzoni. Y en esa circunstancia, la de versionar una obra literaria, radica lo más valioso del filme: su aliento, su intensidad. Pero también, paradójicamente, lo que lo ata: cierta dificultad a la hora de diferenciar atmósferas. ¿Es necesario especificar dónde termina “lo real” y dónde comienza “lo soñado”? Claro que no, al menos no de una manera obvia. Pero siempre se extraña ese toque sutil que singulariza la ensoñación, de manera que al final, cuando nos enteremos de que asistimos a otra dimensión, la sorpresa no nos resulte demasiado abrupta… Y eso sucede con este filme, el espectador puede llegar a sentir que se ha perdido algo, que algo no cuadra, que la dimensión recreada (un sueño dentro de otro sueño, como en una muñeca rusa… la imagen es de la película) no tiende suficientes puentes con “la realidad”. O tiende demasiados. No obstante, la historia seduce –a pesar de que por momentos su exposición se hace algo densa y ampulosa. La fotografía es una de las principales portadoras de la poesía de esta cinta, cuya puesta en pantalla se regodea en la inmensidad y la elocuencia de las locaciones.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Festival de Cine de La Habana: La teta asustada

He aquí una película profundamente conmovedora, intensa, inspirada… Una película bien pensada, construida con dominio y vuelo, sin perder pulso ni horizonte. La teta asustada (Perú), de Claudia Llosa, demuestra que la belleza no esquiva lo arduo, que la poesía asoma en medio de lo sórdido, de lo árido. Sutileza: esa es la clave, identificación con lo que se narra, honradez. Sugerente contención en el texto, en la dirección de actores –ojo con la actriz protagonista-, en la fotografía y la banda sonora. La historia podría parecer hasta morbosa, pero la mirada es responsable y matizada. Nadie crea, sin embargo, que la puesta edulcora o escamotea. Lo que sucede es que metáfora y peripecia pierden los límites, se integran en un todo orgánico. Eso es buen cine.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Festival de Cine de La Habana: Zona Sur

Desde el principio uno sabe que tanta armonía, tanta perfección, tanta paz no pueden ser otra cosa que un espejismo. Zona Sur, de Juan Carlos Valdivia, retrata desde adentro vida y milagros de una familia boliviana acomodada: gente que vive a sabiendas en una burbuja (afuera, apenas vislumbrada, la dura realidad, la lucha cotidiana por la subsistencia); gente que se aferra a un pródigo estándar de vida incluso cuando comienzan a faltar los recursos para sostenerlo; gente que avista un cambio, pero que se siente incapaz de asimilarlo. Zona Sur es también una crónica (otra) sobre el diálogo, el encuentro, las contradicciones, las superposiciones, la integración, el abismo entre dos culturas: la Bolivia por siglos dominante, la Bolivia por siglos dominada; blancos ricos, indios pobres… Solo que a veces estas ideas preconcebidas se vienen abajo. La burbuja estalla (toda burbuja termina por estallar), la balanza se inclina… Esta ecuación, en definitiva, puede sonar demasiado simplista, pero el director la plantea sin demagogia ni extremismos. La puesta en pantalla se regodea en los ambientes (busca y consigue la belleza que tranquiliza, la limpieza que apacigua); fotografía, diseños, banda sonora parecen coquetear con la edulcoración, pero reservan aquí y allá singulares transiciones. El guión descansa en unos personajes a primera vista sencillos y hasta arquetípicos, pero que se revelan peculiares, bien matizados. He aquí una historia coral equilibrada, sin altisonancias ni grandes golpes de efecto, pletórica, eso sí, de intensidad, de fuerza interior. Lo categórico de Zona Sur ocurre debajo de la superficie.

Festival de Cine de La Habana: El niño pez

Lucía Puenzo apuesta otra vez por una historia inquietante: El niño pez (Argentina) trenza fantasía y realismo; melodrama, drama psicológico y thriller, en una trama bastante escabrosa, que pudiera resultar mucho más orgánica si no pareciera tan pendiente de su propia lobreguez. Es cuestión de gustos, pero a este redactor le resultan sobredimensionados algunos conflictos; la carrera hacia la perdición de las protagonistas se nos presenta con el trágico matiz de lo inevitable, pero algunas de las peripecias en que se sostiene, de las motivaciones y reacciones de los personajes tienen algo de caprichosas. Aquí no está del todo resuelto el diálogo entre lo simbólico y lo explícito, ensoñación y cotidianidad. La puesta en pantalla denota oficio e inspiración, es enfática y sugerente, pero por momentos parece ceder a cierta ampulosidad. Aunque deja más de un cabo suelto, aunque maltrata a más de un personaje, el guión vence con suficiencia el reto de los abundantes saltos temporales. Logra en algunos pasajes crear un ambiente desde el texto. Se extraña, eso sí, un poco más de diafanidad en ciertas situaciones. La historia, cómo no, tiene ángel, cuerpo, intensidad… Pero por momentos parece salirse de su cauce. O más bien no lo encuentra.

jueves, 3 de diciembre de 2009

La Plaza del Che en Santa Clara

El Complejo Escultórico Memorial Comandante Ernesto Che Guevara se ha convertido en uno de los símbolos de Santa Clara. Desde el 17 de octubre de 1997 descansan allí los restos mortales del célebre guerrillero argentino y sus compañeros de lucha en las selvas bolivianas.

Pero el conjunto escultórico que acoge al mausoleo -plaza, tribuna y escultura- fue inagurado casi una década antes, en 1988, como recordación de la célebre batalla de Santra Clara. A cargo del proyecto estuvo el arquitecto Jorge Cao Campos y el escultor José de Lázaro Bencomo, más conocido como Delarra.

La plaza, de terrazo blanco, rojo y negro, puede acoger a más de 80 mil personas. Al fondo se ubican dos fuentes que simbolizan la estrella del grado de comandante del Che. La tribuna tiene capacidad para 900 personas. Está presidida por la famosa estatua de bronce, que representa al Che en movimiento, con su uniforme guerrillero, su fusil M-2 y un brazo enyesado, tal y como entró a la ciudad de Santa Clara en vísperas de la batalla.

La pieza, de 6,80 metros de alto y 20 toneladas de peso, se levanta sobre un pedestal de 16 metros (10 visibles, tapizados en piedra, y 6 en la planta baja del conjunto, tapizados en marmol verde). Está orientada hacia el Sur, de frente a la cordillera del Escambray.

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