viernes, 19 de febrero de 2010

Deportistas



Esculturas frente al Estadio Panamericano. La Habana.

Dos grandes compañías, un escenario


Las escuelas rusa y cubana de ballet tienen en común el acento alto, la energía en el ataque, la intensidad interpretativa, la espectacularidad del desempeño técnico… No significa que se desconozcan sutilezas estilísticas o regodeos líricos, pero de un bailarín ruso, o de un cubano, se suele esperar alardes de fuerza. De acrobacia y grandes despliegues no hubo mucho en la presentación de las primeras figuras del teatro Bolshoi que compartieron este sábado el escenario del Karl Marx con bailarines del Ballet Nacional de Cuba. Muy probablemente buena parte del público no haya visto colmadas sus expectativas. Pero sería mezquino negarles calidad a unos intérpretes que asumieron con dominio y más que suficiencia un programa definido por la contención.

Ni más ni menos. Los bailarines rusos estuvieron a la altura del prestigio y la trascendencia de una escuela y una compañía que han marcado como pocas la historia del ballet universal. Las obras escogidas representan, de alguna manera, gran parte del itinerario creativo de la agrupación.

Quizás el predominio del adagio y la relativa brevedad de las piezas hayan dejado con ganas al público, quizás también influyera el contraste con las propuestas mucho más pirotécnicas del Ballet Nacional de Cuba, que equilibraron la gala.

Pero resultaron evidentes la cuidadosa ejecución de los adagios del segundo acto de El lago de los cisnes (Elena Andrienko y Ruslan Skvortstov) y Raymonda (Galina Stepanenko y Vladimir Neporozhny); el delicado trabajo interpretativo de Anna Antonicheva y Dimitri Belogolovtsev en el pas de deux de Espartaco; la Giselle de Antonicheva –notables saltos, limpieza técnica…

Por los cubanos, el punto más alto fue la inspirada interpretación de Las intermitencias del corazón, a cargo de Bárbara García y Javier Torres, dos bailarines que se caracterizan por la plena comprensión de lo que bailan, por el buen gusto y la sensibilidad. Brillante fue también la princesa Odile de Anette Delgado –fuettés poderosos, espectaculares saltos sobre la punta, seguridad y precisión. Sin olvidar el desempeño de Viengsay Valdés en Don Quijote –un pas de deux que marca su carrera-; la elegancia con que Sadaise Arencibia asume siempre la princesa Aurora, de La bella durmiente; la frescura y la fuerza de los jóvenes que bailaron Acentos, la última coreografía de la noche, independientemente de que la pieza no encajaba mucho en la dinámica del espectáculo.

Ha sido un plausible encuentro entre dos grandes compañías. Ojalá que sea el preámbulo del siempre esperado regreso de la célebre agrupación moscovita a los escenarios cubanos.

Publicado en Trabajadores

En la imagen, Anna Antonicheva y Dimitri Belogolovtsev en el pas de deux de Espartaco. Foto: Nancy Reyes

Salinger


Después de todo, J.D. Salinger se salió con la suya: ha muerto en su casa de Cornish, Nuevo Hampshire, alejado del mundanal ruido, sin hacer concesiones al gran circo mediático, encerrado en sus cuatro paredes y en sus mañas. Escribiendo, dicen, aunque escribiendo para él mismo. Después de su retiro voluntario, no hubo manera de sacarlo al ruedo, de hacerlo firmar un manifiesto, de sumarlo a la dinámica de las editoriales...

Silencio, solo silencio. Terco, inaudito, misterioso silencio. Interrumpido, de cuando en cuando, por alguna que otra acción judicial contra los que quisieron hablar de su vida personal, traspasar las fronteras, romper el círculo.

Siendo quién era, ¿tenía derecho Salinger a sustraerse del mundo? Lo tenía, claro, por más que nos pese a sus millones de lectores. ¿Tenía derecho a privarnos de su creación futura? Lo tenía, claro que sí. Otra cosa es que nos resignemos.

J.D. Salinger, que escribió uno de los más grandes monumentos literarios del siglo XX, El guardián en el centeno, parecía él mismo un personaje de novela, carne de metáfora. Después de deslumbrar al mundo con la contundencia de su obra, hizo lo que no se espera que haga un escritor de éxito, criatura casi siempre vanidosa: ocultarse.

Pero para Salinger era, precisamente, un acto de profunda entrega a la literatura: “los sentimientos de anonimato y oscuridad de un escritor –dijo en una ocasión- constituyen la segunda propiedad más valiosa que le es concedida”.

Ahora que ha muerto, no pocos esperan que salgan a la luz sus últimas creaciones, las que supuestamente escribió en los largos años de soledad, las que guardó celosamente…

Pero todo parece indicar que Salinger dispuso que no salieran a la luz hasta que no expiraran sus derechos, lo que ocurrirá de aquí a unas cuantas décadas, las suficientes para que buena parte de los que ahora estamos capacitados para leer estemos muertos.

La literatura no es si no encuentra lector, dicen muchos. Según esa lógica, esas novelas y relatos todavía no existen. Para nosotros, no existen. ¿Será que no van existir nunca? ¿Es que no tenemos el derecho de conocerlas?

Quizás no, pero otra cosa es que nos resignemos.

Publicado en Alma Mater

Ferrocarril

Rieles en las afueras de La Habana.