
A la madre de Juana Morgado la mató una bicicleta. Iba caminando por la acera y le cayó en la cabeza, desde un cuarto piso. Un muchacho malcriado la había lanzado por el balcón porque su padre le prohibió montarla hasta que aprobara los exámenes de matemáticas.
Desde ese día, Juana Morgado evitó las aceras. Le dio por caminar por el medio de la calle, desafiando al tráfico y a los policías de tránsito.
Sus amigos le decían: “Un día te va a matar un carro. O una bicicleta”. Pero Juana Morgado, terca, les respondía: “Si me van a atropellar, que sea de frente, de espalda o de lado. Pero que no sea de arriba, como a la pobre mamá”. Nadie podía hacerla entrar en razón.
Desde su altura, Dios –o lo que sea que traza el destino de los hombres- quiso darle una lección a Juana Morgado. Un tarde que Juana venía caminando por una arteria muy principal, planeó embestirla con un ómnibus articulado. Pero justo en el momento en que movía los hilos para que el conductor perdiera los frenos, Dios se fijó en los bellos ojos de Juana, en los que no había ni una pizca de maldad.
Decidió perdonarla. Es más, se encargó de que nunca más un policía le pusiera una multa y de que los carros, cuando más, la rozaran.
Y así Juana Morgado vivió muchos años, siempre caminando por el medio de la calle.
Un día, cuando ya peinaba canas, se compró unos patines. Y entonces se volvió un personaje popular. Patinaba con gran destreza, sorteando autos, camiones, ómnibus y, cómo no, bicicletas. Le decían La abuela rodante; y ella encantada.
Los medios de prensa comenzaron a dedicarle espacios. Hasta que un día le hicieron un reportaje en el noticiero estelar.
Dios, que lo ve todo (incluso el noticiero), estaba conmovido por la alegría y la espontaneidad de Juana. Hasta que el periodista hizo la pregunta:
-¿Cómo es que nunca ha tenido ni el menor accidente?
Juana sonrió maliciosa y contestó:
-Eso es porque tengo un pacto con el diablo.
A Dios, obviamente, aquello no le gustó nada. Pero lo que más le molestó fue notar en los todavía hermosos ojos de Juana un ligero brillo de soberbia.
Dejó pasar unos días, para ver si el tiempo borraba su indignación, pero el espectáculo de Juana Morgado patinando por calles y autopistas no hacía más que reavivar la ofensa.
Una tarde en que Juana hacía piruetas en medio de una plaza, ya no pudo más y, como quien no quiere la cosa, dejó que el diablo –o lo que sea que traza el destino de los hombres- le dejara caer, de la nada, una bicicleta en la cabeza.