Imágenes en el tiempo, 2003. Agustín Bejarano. Técnica mixta.
Ha querido el azar para gloria de este país que nuestro Héroe Nacional, el principal artífice de la independencia, el más prominente político, sea también uno de nuestros primeros poetas, literato de vanguardia, periodista genial, pensador preclaro. En José Martí coexistieron el hombre de ideas y el hombre de acción. El primero, expresión genuina de su talento y sensibilidad; el segundo, condición asumida desde la ética y el deber.
Resulta superficial la pretensión de establecer primacías entre una y otra vertiente de su legado, pues se funden orgánicamente en una trayectoria vital coherente y centrada, donde la vocación de servicio, el compromiso con el bien común, el ansia libertaria marcan todos los derroteros.
Algunos, admirados por las dimensiones y la valía de la producción literaria de Martí, se preguntan cuánto más hubiera hecho en ese terreno si no hubiera decidido dedicar sus mejores energías, sus mayores esfuerzos a la causa de la independencia de Cuba. Es casi imposible responder a esa pregunta: no solo por la inefable capacidad intelectual de José Martí, sino por el convencimiento de que su apostolado iría siempre más allá de las circunstancias.
En el caso de que se hubiera logrado la independencia, Martí se hubiera consagrado a otra causa que creyera justa, impostergable. Pertenecía a la estirpe de los hombres que ponen la suerte de sus conciudadanos, el mejoramiento de la sociedad, por encima de cualquier gloria y beneficio personal.
He ahí el principal valor de la obra martiana: es legado vivo. Siempre prefirió el estremecimiento del trabajo, del esfuerzo personal, del sacrificio y el empeño, a la placidez del creador que se evade, que crea mundos artificiales, que da la espalda -impotente o apático- a los problemas del mundo.
No significa que desdeñara la preponderancia del arte y el conocimiento en el enriquecimiento espiritual y material del género humano. Pero aspiraba a que la cultura fuera patrimonio de todos: la lucha por alcanzar ese sueño era para él la más enaltecedora misión humana.
Más allá de conjeturar sobre su posible alcance, nos es dable admirar la magnificencia de la producción literaria y periodística de Martí, aun en los casos en que se viera circunscrita a las demandas de la causa o la necesidad de sustento económico.
Dotó Martí a sus escritos de un vuelo que muchas veces superó la naturaleza del cometido. Su estilo elegante y sugerente, pletórico de recursos literarios, está presente hasta en las cartas aparentemente más insignificantes. El arte de escribir, más que oficio, era sacerdocio para José Martí. Lo cuidadoso de su prosa hace pensar en un escritor previamente convencido de la trascendencia de sus textos: aunque en realidad se trata de un hombre consciente del extraordinario poder de la palabra escrita, de la necesidad imperiosa de dominar sus infinitas posibilidades expresivas.
Martí es un estilista, un precursor: sin grandes aspavientos su literatura se revela ante las formas imperantes y se adentra sutilmente en territorios después explorados por los modernistas. Para algunos estudiosos, más que precursor, Martí es uno de los iniciadores de ese movimiento.
Es poeta de trazo sencillo y firme, frases precisas y profundas. La belleza del verso surge diáfana, natural, sin afeites ni artificios. Es bella la imagen y bella también la construcción de la frase.
Su universo poético abarca lo íntimo y lo mundano. A veces deviene diario personal, relación de sentimientos, ensoñaciones… A veces se recrea en el paisaje, deviene crónica de una época, alegato, himno.
Pero la poesía martiana trasciende el verso, pues es tal la hondura metafórica de la prosa, la eufonía de su composición, que un sencillo artículo periodístico deslumbra por su poder de sugerencia, la contundencia de sus imágenes, la una y mil formas de acercarse a un hecho, el juego de la palabra.
El periodismo de José Martí, su oratoria, su correspondencia, desbordan lo meramente funcional para convertirse en hechos estéticos: valen por lo que dicen y por la forma en que lo dicen. Pero esta excelencia formal no es nunca fin, sino medio. Es el espléndido continente de una ideología pródiga, en constante diálogo con sus contemporáneos y las generaciones sucesivas.
Martí se ocupó de los grandes retos de su época, es un hombre de su tiempo, pero su pensamiento siempre estuvo en la vanguardia: era, de cierto modo, un adelantado; aunque el sentido común le dictara muchas veces adecuar sus concepciones en pos de la unidad, de la vigencia de un proceso revolucionario no exento de contradicciones.
Es un visionario, pero no un adivino. Sus apreciaciones sobre el futuro de la América nuestra, del peligro del expansionismo imperialista de los Estados Unidos en el continente, su clamor de unidad entre los latinoamericanos, hoy tan necesaria como entonces, provienen de un estudio exhaustivo de su realidad, de un viaje a las esencias, más allá de manifestaciones circunstanciales.
Su decisión de asumir en carne propia los riesgos de la lucha armada, que desde la altura de más de un siglo pudiera parecernos un error estratégico, no obedeció a un aventurerismo irresponsable –como han querido ver algunos-, sino a la comprensión cabal del contexto histórico: los cubanos no seguirían en la lucha a quien no estuviera dispuesto a entregar su vida en la contienda.
La muerte prematura de José Martí en el campo de batalla privó a los patriotas cubanos de su guía más prominente en la difícil encrucijada de dos siglos. Es inútil aventurar teorías sobre su rol en la edificación de una república que sorteara voracidades imperialistas y mezquindades criollas. Muchos de los peligros que avizorara se manifestaron con desastrosas consecuencias para la independencia nacional. Algunos compañeros de armas ignoraron o subestimaron su testamento político.
Pero el legado ideológico de Martí –acrecentado por su leyenda personal- ha servido de plataforma a lo más auténtico y revolucionario del pensamiento nacional; ha encontrado lectores desprejuiciados y creativos. A 155 años de su nacimiento sigue ofreciendo lecciones magistrales de arte y política, de ética y compromiso. Martí no aró en el mar.
Publicado en Cubasí. Mayo de 2008.
Martí. 2009. Víctor Huerta Batista. Acrílico sobre tela.
JOSE MARTI IN THE CROSSROAD OF CENTURIES
Fortune has wanted for the glory of this country that our National Hero, the main author of Cuba’s independence, the most prominent politician, also be one of our first poets. A vanguard writer, brilliant journalist, distinguished thinker. In Jose Marti coexisted the man of ideas and the man of action. The first one a true expression of his talent and sensibility; the second one a condition assumed from ethics and duty.
It would be shallow the intention of establishing a priority between both trends of his legacy, because they come together in a lifework coherent and centered, where the vocation of service, the commitment with the common welfare, the freedom longings feature all courses .
Some people, admired by the dimensions and worth of Marti’s literary production wonder how much more he could have done in that field if he had not decided to spend his best energy, his greatest efforts to the cause of Cuba’s independence. It’s almost impossible to answer to that question: not only for José Marti's overwhelming intellectual capacity, but for the convincing that his calling would always go beyond circumstances.
If independence had been obtained, Marti would have committed to another cause he thought fair, inevitable. He was the kind of men who put his fellowmen’s luck, the improvement of society, above any glory and personal benefit.
There lies the main worth of Marti’s work: his living legacy. He always preferred the vibration of work, of the personal effort, of the sacrifice and industriousness, over the calmness of the creator who escapes and creates artificial worlds that turns his back -powerless or indifferent - to the problems of the world.
This doesn't mean he looked down the prevalence of art and knowledge in the spiritual and material improvement of mankind. But he wanted culture to be the patrimony of everyone: the struggle to reach that dream was for him the most righteous human mission.
Beyond speculating on its possible reach, we must admire the magnificence of Marti’s literary and journalistic production, even in the cases in which it was tied to the demands of the cause or the need of economic sustenance.
Muerte de Martí. 1998. Alicia Leal. Óleo sobre tela.