lunes, 25 de octubre de 2010

Un poema (VIII)

Te sostiene una luz
pero también te ciega
si se apagara
quizás
podríamos pisar el mismo polvo
pero la luz te alza sobre mi cabeza
eres la luna
y yo soy el hombre que encuentra el camino
en medio de la noche.

domingo, 24 de octubre de 2010

La haitiana


Los haitianos venían de tarde en tarde y mi abuela les hacía café. No venían juntos, porque los haitianos eran criaturas solitarias. Pasaba también, muy de cuando en cuando, una haitiana, delgadísima, siempre vestida de blanco, inmaculada, hasta el punto de que yo no podía explicarme cómo no se ensuciaba ni un poquito con tanta tierra colorada en las guardarrayas.

Se sentaba en la cocina a parlotear mientras mi abuela preparaba la comida. Le gustaba mucho la limonada y el pan con mantequilla, al que le echaba siempre un poquito de azúcar.

Mi abuela decía que esa haitiana tenía más de noventa años, que era muy buena persona, que ayudaba a todo el mundo, y que estaba sola, porque se le habían muerto todos los parientes.

Un día decidí seguir a la haitiana. Atravesé la arboleda sin perderla de vista. Ella iba por el camino, pasito a pasito, tarareando una cancioncilla. Me escondí detrás de un matorral, al borde del trillo. Podía verla muy bien, pero ella no podía verme a mí. De pronto tuve unos deseos irresistibles de asustarla. Cuando estuvo muy cerca me tapé la boca y ululé con voz tenebrosa.

La haitiana se detuvo, meneó la cabeza y siguió caminando. Volví a ulular, ahora más fuerte. La haitiana se volvió. No parecía asustada, ni tampoco molesta. Se encogió de hombros e iba a seguir su camino, pero tropezó y cayó al suelo.

Yo sí me asusté mucho, porque sabía que había sido el culpable del accidente. Sentí que tenía la obligación de ir a ayudarla, pero estaba paralizado en mi escondite. Por suerte, la haitiana se incorporó enseguida. Se había ensuciado la ropa y tenía un arañazo en la rodilla. Me dio mucha pena, mucho miedo, y empecé a llorar bajito. Entonces me descubrió. Me miró tristemente a los ojos, dio media vuelta y siguió andando.

Me fui corriendo para la casa, sin saber qué hacer. Pasaron unos días angustiosos. Temía que de un momento a otro todo se supiera, creía que mi abuela no me lo iba a perdonar y eso me asustaba más que el castigo que de seguro me impondrían.

Y una tarde regresó la haitiana. Venía como siempre, pasito a pasito, con la ropa blanquísima. Del arañazo, ni rastro. Yo salí corriendo y me escondí en la casita donde almacenaban el maíz. Pero mi abuela fue a buscarme para que fuera a saludar a la haitiana.

Llegué temblando. La haitiana tenía su vaso de limonada en la mano. Cuando estuve frente a ella la miré con ojos lastimeros. Me alborotó el pelo y me dijo: niño bonito. Me dio un beso en la frente y siguió tomando su limonada.

Publicado en Alma Mater

Reparando a Don Quijote

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Sosabravo, 80

Entre el expresionismo y el arte pop, incursionando en disímiles técnicas, Alfredo Sosabravo ha ido prodigando en lienzos, esculturas y cerámicas una obra singularísima, de fuerte impacto visual y marcada vocación antropológica. Sus personajes, que a primera vista parecen salidos de un libro de cuentos infantiles, han configurado a lo largo de varias décadas un —no tan inocente— “mapa” de la naturaleza humana. Sosabravo es, de cierta forma, un narrador de historias: sus piezas devienen “puestas en escena” pletóricas de símbolos y apropiaciones. Ocho décadas cumple el lunes este maestro de la plástica, que disfruta del reconocimiento de críticos y colegas; pero sobre todo, de la admiración de un público que reconoce y gusta de sus invenciones.

En la imagen: El rapto de Europa, de Alfredo Sosabravo.
Publicado en Trabajadores

viernes, 15 de octubre de 2010

Epifanía de una sombra

He leído, como embriagado, Epifanía de una sombra, la última novela del escritor chileno Mauricio Wacquez (1939-2000), que fue publicada después de la muerte de su autor. Canto de cisne, si se quiere... así de ambiciosa y esencial es la obra. Tal parece que Wacquez haya querido dar testimonio aquí, en pletórica y deslumbrante prosa, de las obsesiones de toda una vida. Regodeo en la memoria (muy a la manera de Proust), atrevida mirada a la sexualidad (que no evita lo grotesco), ensayo agudísimo y beligerante sobre el devenir de un pueblo, una nación y sus ámbitos culturales… la novela se nos antoja también autobiografía. Texto de caprichosa estructura (como caprichosos son los vaivenes de la imaginación y la remembranza), exige la complicidad del lector: no es este un juego complaciente, se nos lanza sin miramientos en un auténtico laberinto. Es cuestión de no perder el hilo.

jueves, 7 de octubre de 2010

Vargas Llosa, Nobel

Claro que Mario Vargas Llosa se merece el Premio Nobel de Literatura que acaban de otorgarle. Es más, se le merecía desde hace tiempo. Lo que sucede es que a mucha gente le cuesta separar al Vargas Llosa escritor del Vargas Llosa político. Es difícil hacerlo, por cierto, sobre todo por esa vocación de gurú beligerante y consejero de rancia derecha que prodiga en cuanta entrevista ofrece. Y quizás, de hecho, no haya que separar nada: digan lo digan un escritor es una criatura siempre política, como políticos somos todos. Pero ahí está su obra. Inmensa, fascinante, reveladora... Ahí están sus mejores novelas, verdaderos monumentos al arte de narrar y también al de investigar, de bucear en las profundidades de la historia. Ahí están esa mirada incisiva, ese estilo poderoso poco dado a amaneramientos, esos personajes admirablemente concebidos... Yo me quedo con su literatura, que muy gozosas jornadas me ha propiciado. De sus opiniones políticas no me ocupo. Que otros sigan sus recetas, que otros lo acompañen en sus diatribas... Pero por el Nobel, felicidades.

Mario Vargas Llosa, escritor peruano (Arequipa, 1936). Foto: Internet.