Te sostiene una luzpero también te ciega
si se apagara
quizás
podríamos pisar el mismo polvo
pero la luz te alza sobre mi cabeza
eres la luna
y yo soy el hombre que encuentra el camino
en medio de la noche.

Entre el expresionismo y el arte pop, incursionando en disímiles técnicas, Alfredo Sosabravo ha ido prodigando en lienzos, esculturas y cerámicas una obra singularísima, de fuerte impacto visual y marcada vocación antropológica. Sus personajes, que a primera vista parecen salidos de un libro de cuentos infantiles, han configurado a lo largo de varias décadas un —no tan inocente— “mapa” de la naturaleza humana. Sosabravo es, de cierta forma, un narrador de historias: sus piezas devienen “puestas en escena” pletóricas de símbolos y apropiaciones. Ocho décadas cumple el lunes este maestro de la plástica, que disfruta del reconocimiento de críticos y colegas; pero sobre todo, de la admiración de un público que reconoce y gusta de sus invenciones.
He leído, como embriagado, Epifanía de una sombra, la última novela del escritor chileno Mauricio Wacquez (1939-2000), que fue publicada después de la muerte de su autor. Canto de cisne, si se quiere... así de ambiciosa y esencial es la obra. Tal parece que Wacquez haya querido dar testimonio aquí, en pletórica y deslumbrante prosa, de las obsesiones de toda una vida. Regodeo en la memoria (muy a la manera de Proust), atrevida mirada a la sexualidad (que no evita lo grotesco), ensayo agudísimo y beligerante sobre el devenir de un pueblo, una nación y sus ámbitos culturales… la novela se nos antoja también autobiografía. Texto de caprichosa estructura (como caprichosos son los vaivenes de la imaginación y la remembranza), exige la complicidad del lector: no es este un juego complaciente, se nos lanza sin miramientos en un auténtico laberinto. Es cuestión de no perder el hilo.
Claro que Mario Vargas Llosa se merece el Premio Nobel de Literatura que acaban de otorgarle. Es más, se le merecía desde hace tiempo. Lo que sucede es que a mucha gente le cuesta separar al Vargas Llosa escritor del Vargas Llosa político. Es difícil hacerlo, por cierto, sobre todo por esa vocación de gurú beligerante y consejero de rancia derecha que prodiga en cuanta entrevista ofrece. Y quizás, de hecho, no haya que separar nada: digan lo digan un escritor es una criatura siempre política, como políticos somos todos. Pero ahí está su obra. Inmensa, fascinante, reveladora... Ahí están sus mejores novelas, verdaderos monumentos al arte de narrar y también al de investigar, de bucear en las profundidades de la historia. Ahí están esa mirada incisiva, ese estilo poderoso poco dado a amaneramientos, esos personajes admirablemente concebidos... Yo me quedo con su literatura, que muy gozosas jornadas me ha propiciado. De sus opiniones políticas no me ocupo. Que otros sigan sus recetas, que otros lo acompañen en sus diatribas... Pero por el Nobel, felicidades.