Me ha pasado algo singular, que me ha tenido varios días inquieto, temeroso de que vuelva a sucederme: he soñado que no podía despertar. Y, en efecto, no podía despertar, por más que lo intentaba. Estaba teniendo una pesadilla atroz, de esas en las que te persiguen, casi te alcanzan, tienes ganas de gritar y no puedes porque el grito se te congela en la garganta; y en el momento más álgido de la película, cuando ya tenía a los persecutores encima –hombres, animales o cosas, no me queda claro- tomé conciencia de que estaba teniendo una pesadilla. Es un mal sueño, me dije, ahora voy a despertar. Otras veces lo había hecho sin problemas, y experimentaba una voluptuosa sensación de alivio. Después, dulces sueños hasta el amanecer. Pero ahora, extrañamente, no podía despertar. En un principio creía que sí, me incorporaba en la cama, me pasaba la mano por la frente, me acomodaba de nuevo en la almohada, pero entonces comprendía que todavía estaba soñando, que no había despertado de verdad. Entonces luchaba por despertar, me desesperaba, despertaba por fin, agitado y estupefacto, me pellizcaba en el brazo (manido recurso), me dolía e inmediatamente llegaba a la conclusión de que en realidad estaba soñando que me dolía, que estaba soñando que despertaba de una pesadilla en que despertaba de otra pesadilla. Entré en pánico. Me sentí impotente. Trataba de despertar y no lo lograba, me sentí atrapado en un sueño, más bien envuelto en sucesivas capas de sueño que se iban cerrando sobre mí, llevándome cada vez más lejos, cada vez más hondo… Creo que lloré (o soñé que lloraba) de impotencia, de rabia, de terror. Decidí abandonarme, dejarme arrastrar, tranquilizarme, quizás así me sumergiría otra vez en un sueño profundo, reparador, sedante… Pero nada, aquel sopor era viscoso pero transparente: me dejaba tener conciencia de mi estado, pero me imposibilitaba cualquier autonomía. ¿Será así la muerte?, pensé horrorizado.Y entonces, cuando ya me creía perdido, escuché un grito redentor: ¡Pan de flauta! ¡Calentico y sabroso! ¡Coge tu pan de flauta aquí!
Desperté de un salto, presa del espanto. Tardé apenas unos segundos en comprender que ahora sí estaba despierto, vivito y coleando.
Me acerqué a la ventana y miré con agradecimiento al mismo vendedor de pan que maldecía todos los días de esta vida, por gritón e impertinente.
A esa hora el sol le hacía lucir una sutil aureola. Me pareció un bonito espectáculo.
Pero así y todo no le compré nada de nada, porque a mí no me gusta el pan de corteza dura. Ni siquiera en sueños.
Publicado en Alma Mater

























