
Ya sé que si le digo que el dinero no hace la felicidad, probablemente me responda, no sin cierta malicia, que la compra hecha. Pero no, usted sabe que no; usted sabe que felicidad y comodidad no son exactamente lo mismo aunque a veces se confundan, aunque a veces acoplen a la perfección. Ahora que se está acabando el año, y sin ánimos de emular con esos manuales de autoayuda que prometen arreglarnos la vida en un dos por tres, sería bueno que nos sentáramos a pensar en lo que hacemos o dejamos de hacer para ser felices.
Lo más importante es el amor. Perdónenme si les parezco cursi, pero así es: lo más importante es amar con todas las fuerzas, amar sin prejuicios ni cortapisas: amar y ser amado, he ahí la sal de la vida. Y si no le corresponden como usted quisiera, pues siga amando, ya verá cómo aparece su media naranja, su alma gemela. A que el mundo le parece distinto cuando se ha enamorado; a que una sonrisa de su hijo, una caricia de su amante, un beso de su padre pueden arreglarle el día.
Lo segundo es aprender a disfrutar de las pequeñas alegrías de la vida. Si usted cree que no hay felicidad eterna, sino solo momentos felices, pues entonces disfrute al máximo esos pequeñísimos momentos, acéptelos como si fueran un regalo divino, procúreselos cada vez que pueda: date el gustazo y trata de minimizar el trancazo, me dijo un día una amiga que, por cierto, casi siempre se está riendo.
Otro consejillo, si es que no se me va a poner bravo: sáquele provecho a los errores, a las malas experiencias, a los dramas de la cotidianidad. A vivir se aprende cada día. Lo que hoy le salió mal, mañana le puede salir mejor. Claro que hay tragedias y tragedias, a veces pensamos que la existencia ha dejado de tener sentido, pero incluso en los momentos más difíciles siempre se puede encontrar una salida. Si no puede solo, pida ayuda. Siempre hay alguien a quien nuestra felicidad le importa tanto como la suya propia.
Crea fervientemente en algo, aunque sea en su propio escepticismo. Una vida sin ideales es una vida sin rumbo. Ya sé que a veces miramos alrededor y no nos gusta lo que vemos, ya sé que a veces nos sentimos demasiado pequeños ante los grandes problemas del mundo. No piense que es del todo impotente: luche. Comience por su propio entorno, por su comunidad. Los grandes sueños de justicia y bienestar son siempre la acumulación de pequeños sueños individuales. Usted es parte de la sociedad, haga sentir su voz, contribuya a hacerla más armoniosa. Es muy probable que enfrente sinsabores (remítase, por favor, al consejo anterior), pero también sentirá la satisfacción de saberse útil.
Un último consejo: no se lleve tan recio, valore en su justa medida lo que ha logrado. No hay que ser conformista, pero tampoco patológicamente ambicioso, no sea que en el camino por cumplir todas nuestras metas nos olvidemos de disfrutar las que hemos ido alcanzando.
Ese de la felicidad es un tema tan tremendo que ahora mismo no sé por qué me atrevo a escribir todas estas cosas; será porque me las repito de cuando en cuando, sobre todo cuando me siento particularmente infeliz… Y para que vea, casi siempre me funcionan. A lo mejor a usted también le pasa. Y si no, mil perdones, haga como si no hubiera leído nada y siga viviendo a su manera.
Cada quien con su librito, muy bien que lo dice el refrán.
Publicado en Trabajadores, diciembre de 2008