domingo, 31 de julio de 2011

Comiendo con Virgilio

“¡Para Virgilio, arroz blanco y potaje de frijoles negros!”, dice Pepe mientras sirve una mesa imaginaria (soñada) para Virgilio Piñera, “el padre del teatro cubano”. Anuncia un menú criollísimo, sabroso, que pocos minutos después el mismísimo Virgilio echa por tierra, pues ellos nunca lo comieron juntos; ellos apenas compartieron el puré de San Germán de la cafetería del Capri. En Si vas a comer, espera por Virgilio, José Milián recrea su relación con uno de los grandes de la escena y la literatura cubanas, una amistad marcada (no podía ser de otra manera) por la difícil, voluble, histriónica manera de ser de Piñera, que conjugaba tan bien con su extraordinario talento. Pero Si vas a comer… es además el fresco de una época, pletórica de rupturas, debates, nacimientos e incomprensiones. La puesta, que ha sido una de las más exitosas del Pequeño Teatro de La Habana, se presenta ahora, los fines de semana, en el café teatro del Brecht.

Más fotos del espectáculo

viernes, 29 de julio de 2011

Amy Winehouse

Ahora mucha gente dice que Amy Winehouse ha tenido una muerte a la altura de su leyenda. Como si su destino estuviera marcado. Como si ella muriera a propósito para redondear una biografía. Lo cierto es que su historia será más temprano que tarde cinematografiada. Hay material suficiente para armar una película trepidante: una cantante con una voz privilegiada, que triunfa mientras lucha por escapar de sus adicciones. Una mujer que muere muy temprano, en buena medida por el peso de sus deslices. Morir ahora la convertirá en un símbolo. Su imagen quedará congelada: siempre será la misma joven talentosa y díscola. Hay, sin embargo, una tragedia mucho más esencial: Amy Winehouse lo más seguro es que no pensara en nada de eso. Se habrá llevado a la tumba un secreto. No murió para acongojarnos, aunque nos parezca.

domingo, 24 de julio de 2011

Al sol

Ahora mi padre está mucho tiempo al sol. Callado, sentado en una piedra, como esperando. Parece no molestarle el calor (los viejos cada vez tenemos más frío, me dijo una vez mi abuelo). Mi padre ha tenido una vida con demasiadas peripecias, quizás recuerde pasajes en esas horas muertas. El otro día estuve observándolo. Me conmovió su tranquilidad, que me pareció resignación. Me le senté al lado, le pregunté qué hacía. Me dijo, saliendo de su ensimismamiento: “me caliento”. Lo acompañé un rato, en silencio. De repente me apretó la mano: “ya no hablamos tanto como antes”. Sonreí, le acaricié la cabeza: “a ver, ¿de qué quieres que hablemos?” No respondió. Seguimos sentados allí, hasta que el sol se me hizo insoportable. “Vamos para la casa”, le dije. No me escuchó, era como si estuviera muy lejos, soñaba…

viernes, 22 de julio de 2011

¡Maní!

El vendedor de maní de la esquina gana en un mes lo que yo en un trimestre. Y a veces más. Yo había sacado alguna cuenta mirándolo desde la ventana, pero el otro día alguien me lo confirmó. El vendedor es un anciano achacoso. Luce mal, parece enfermo. Quizás ese sea el secreto de su éxito. O quizás el hecho de que esté emplazado en una zona muy comercial. De ahí no se mueve en todo el día, sentado en su murito, a la sombra… Y lo más singular: no tiene ninguna competencia. Nadie, ni un solo vendedor ambulante equivocado. Me dirán malpensado, pero no puedo creer que un vendedor de maní pueda tener tanta suerte.

martes, 19 de julio de 2011

Aire de familia

Estaba de vacaciones en mi casa, allá en Violeta, cuando llegó alguien que yo sabía que era mi primo tercero o cuarto. Me saludó muy efusivo, hasta nos abrazamos. Me preguntó por mi vida, por el trabajo, por mis pretensiones de futuro… y al rato me hizo la pregunta terrible:
—¿Tú sabes quién soy yo?
—Claro… —tartamudeé.
—A ver, ¿cómo me llamo?
Ni idea. Si lo supe alguna vez, lo había olvidado; pero lo más seguro es que nunca lo hubiera sabido. Él, sin embargo, estaba dispuesto a llegar al final:
—¿De quién soy hijo?
—Bueno… ahora mismo no recuerdo muy bien… Creo que…
Sonrió, meneó la cabeza:
—Estos primos que se van a La Habana se vuelven muy olvidadizos. Mira, no te lo voy a decir, quédate con la duda.
Y con la duda sigo.

domingo, 17 de julio de 2011

Escaleras

Escaleras que se nos antojaban infinitas, sobre todo cuando subíamos en la noche, con todo el cansancio del día. Escaleras oscuras, estrechas, sucias… La beca era una torre imponente y casi nunca había elevador. Llegar al piso 19, donde vivíamos, era una verdadera hombrada, mucho mayor si la comida había sido mala y poca. Era mejor subir acompañado, ir bromeando, dándose ánimos… Pero muchas veces no quedaba más remedio que subir solo, descontando los pisos, ansiando llegar al apartamento, abrir el balcón, observar desde la altura el cuadro magnífico de la ciudad dormida. Total, que uno llegaba y casi siempre iba directo a dormir.

jueves, 14 de julio de 2011

Miedo

Una vez en la vida he sentido mucho, pero mucho miedo, fue hace algunos años, en Belice City. Nos invitaron a mi amiga Milena y a mí a una función de un circo mexicano que se presentaba a algunos kilómetros de la casa donde vivíamos. Aburridos como estábamos en una ciudad donde no sucedía nada, decidimos ir. La función duró casi tres horas. Cuando salimos, nos enteramos de que a esa hora ya no corría ninguna guagua. Tampoco había taxis. Todo el mundo se fue en sus autos y nos quedamos solos en medio de una explanada. Tuvimos que regresar caminando, por una avenida desierta. Anduvimos más de una hora, sin cruzarnos con nadie. Milena iba al parecer tranquila, pero yo iba muy asustado: sabía que en esa avenida, a esas horas, eran muy frecuentes los asaltos. Cualquier ruido, cualquier movimiento inesperado me sobresaltaban. Pero tenía que reprimirme, porque no quería preocupar a Milena. Por fin llegamos sanos y salvos a la casa. Al otro día escuché en la radio el reporte de los crímenes: en esa calle, unas horas después de que pasamos nosotros, hirieron a alguien. No le conté a Milena, ya no hacía falta.

martes, 12 de julio de 2011

No respetan ni a los muertos

Fui con mi madre al cementerio de Sabanita, a ponerle flores a mi abuela. Para mí, que hacía años que no ponía un pie allí, era ciertamente una experiencia interesante. Llevé la cámara e hice muchas fotos. Mi madre, apenas llegó, se disgustó, pues alguien se había robado los búcaros. “No respetan ni a los muertos”, se quejó. No sé cómo, se las arregló para poner todas las flores. Cuando ya nos íbamos, descubrió los búcaros en otra bóveda.
—Son estos mismos, no me cabe la menor duda…
—Pues tómalos —le dije.
Lo pensó un poco, terminó suspirando.
—No, mejor que no, ellos no respetarán a los muertos, pero yo sí…

domingo, 10 de julio de 2011

Nils Holgersson

¿Les conté cuál era mi libro de cabecera en la infancia? El maravilloso viaje de Nils Holgersson, de Selma Lagerlöf. Narra la historia de un niño diminuto que viaja a través de Suecia montado en el cuello de un pato doméstico. Tenía una edición de los años sesenta, hermosamente ilustrada, que mi tío le regaló a un primo con una dedicatoria. (Mi tío regalaba antes muchos libros, ya en mi niñez había perdido la costumbre). Yo lo encontré en un cajón olvidado, y mi tía me lo regaló sin pensarlo dos veces. Me lo leí en tres días, fascinado. Volví una y otra vez a leerlo, siempre con el mismo entusiasmo. Me enteré hace poco de que Selma Lagerlöf escribió el libro por encargo del Ministerio de Educación de Suecia. Necesitaban un texto sobre la geografía de ese país. Y la escritora armó una historia tan amena e instructiva que devino un clásico de la literatura para niños. Enseñaba divirtiendo, que sigue siendo la mejor manera de enseñar. Yo mismo, en esa época, casi sabía más de Suecia que de la propia Cuba.

En la imagen: Sello conmemorativo del natalicio de Selma Lagerlöf, Alemania, 2008.

domingo, 3 de julio de 2011

Bicicleta

Hace más de quince años que no tengo bicicleta; y pensar que hubo un tiempo en que pasaba casi todo el día dando rueda. Mis padres me regalaron una al final de mi quinto grado. Aprendí a montar rápido: el primer día. Esa mañana, por cierto, me fui contra una cerca de alambre de púas. A la bicicleta no le pasó nada, milagrosamente, pero yo obtuve mi primera y hasta hace muy poco única cicatriz. Juré que no volvería a montar, pero al otro día ya estaba en las mismas. Pedaleando por mi pueblo (y por los campos aledaños) experimenté por primera vez la libertad de ir y venir sin compromisos ni apuros. Yo había sido un niño muy de la casa, muy de libros y muñequitos en la televisión. Y rara vez salía solo. Con la bicicleta me fui a la calle. Los fines de semana me iba a las ocho y no regresaba hasta el almuerzo. Mi mamá me obligaba a reposar un rato, pero a la una ya estaba saliendo. Conocí hasta la más insignificante calle de Violeta, aprendí a lidiar con el tráfico, hice más mandados que nunca... Con el tiempo llegué a ser, incluso, un ciclista bastante diestro (y temerario): doblaba las esquinas sin tocar el timón; por suerte nunca topé con un policía de tránsito (no es que en Violeta hubiera muchos). Un día se rompió la bicicleta y mi hermano se la llevó a no se quién para arreglarla. Nunca más volví a montarla. Me fui al pre y luego a la universidad… Y ahora vivo en una ciudad que nunca he recorrido pedaleando… A ver si algún día me puedo comprar una bicicleta. Prometo que seré mucho más cauteloso doblando esquinas.