A Nancy Robinson la vimos Lester y yo a finales de diciembre, en el balcón de su apartamento. Nos vio pasar por la calle y nos saludó, tan alegre y tan cariñosa como siempre. Hablamos un momento, casi a gritos. Nos despedimos deseándonos lo mejor para este año.Nancy Robinson murió en enero. Y me he puesto a recordarla en el periódico Trabajadores, cuando yo era un estudiante de periodismo en prácticas y ella me acogió con mucha ternura. Tardes completas pasábamos hablando de periodismo (asuntos formales, asuntos éticos… y también pura chismografía; Nancy era una narradora deliciosa, por momentos picante, tenía un extraordinario sentido del humor). Me dio consejos que todavía me sirven, que me servirán siempre. El más importante: “trabaja como si trabajar no fuera tu obligación, olvídate de los reconocimientos, busca únicamente acostarte satisfecho al final de la jornada”. Eso he tratado de hacer todos los días.
De Nancy Robinson Calvet solo recibí cosas buenas. Escribía de música y danza en el periódico, y cuando supo que me gustaba el ballet me dijo: “A partir de ahora, serás tú el cronista de espectáculos danzarios, ya yo estoy muy vieja para ir de teatro en teatro”. Claro que eso de sentirse vieja me lo decía en broma, una de las cosas que más le admiraba era su vitalidad, sus ganas de vivir. Lo había hecho para estimularme, por pura genorosidad.
El último día que Lester y yo vimos a Nancy Robinson, me encantó su imagen en el balcón. Era una foto preciosa. Quise hacerla, pero ella se iba a dar cuenta y me dio pena. La hubiera hecho, sería la mejor foto para estas líneas. Nancy Robinson miraba la calle sonriente. Parecía feliz.
Foto: Roberto Carlos Medina
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