domingo, 1 de julio de 2012

Un poema (XXXI)


EN LA CASA DE MI ABUELA

I
Sentado en una rama
del mamey amarillo
—media mañana, sol de abril—
quería ser el fruto
que la brisa mueve.

II
Si cierras los ojos
los pájaros son solo su sonido.
Eres como aire:
los trinos te atraviesan.

III
Mi abuelo me dijo que las mariposas solo vivían un día.
“No estés triste,
un día para ellas es como un siglo para ti.
No las caces,
déjalas envejecer”.

IV
No quiero escuchar más el chillido del cerdo antes del sacrificio.

V
Con ocho años,
mirando las estrellas desde el portal,
era feliz.
Creía que la felicidad era eterna.

VI
—Abuelita, ¿los gallos duermen?
—Duermen, pero siempre hay uno despierto.

VII
Cuando te ponías a coser en la Singer de 1905, pensaba en tu madre y en la madre de tu madre, sentadas ante la misma máquina. “No soy buena cosiendo, tu tía lo hace mucho mejor”. El traqueteo me adormecía, había tanta paz: no esperábamos a nadie. “No te duermas, cuando termine de remendar estas fundas te daré arroz con leche”.

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