martes, 26 de junio de 2012

Una diva

Nunca había estado frente a una diva de la ópera, una de las grandes cantantes que marcan épocas, un mito viviente… hasta que a principios de la década pasada decidió venir a La Habana la española Teresa Berganza, mezzosoprano celebérrima, una mujer que por los años sesenta y setenta del pasado siglo interpretaba una Carmen sensual y deliciosa. La Berganza vino a esta ciudad casi en el ocaso de su carrera, pero en la plenitud de su temperamento artístico. Dio una conferencia de prensa en el hotel Nacional, un encuentro delicioso donde contó anécdotas algo picantes (ella fue muy amiga de María Callas y aquella, que no simpatizaba con Renata Tebaldi, le decía: “Tú eres el buen vino, yo soy el champán… Tebaldi es la gaseosa), habló de los grandes deseos que tenía de cantar en Cuba y respondió todo tipo de interrogantes. Y siempre con una elegancia que hechizaba. Alguien le preguntó por su fama de suspender conciertos a última hora. Ella se defendió: “Si me siento mal, no canto. Por eso sigo cantando a esta edad”. Se acabó la conferencia y al otro día nos enteramos de que había suspendido el concierto en el Gran Teatro. Tenía catarro, dijeron.
Pero al final, una semana después, ofreció el concierto. En el Gran Teatro no cabía un alma. Yo alcancé un asiento en el segundo balcón, apenas podía verla, pero sí la escuchaba muy bien. La Berganza ofreció un programa exquisito, muy bien pensado. No había grandes demandas técnicas, así que pudo regodearse. ¡Qué voz hermosa la de Teresa Berganza! ¡Qué cálida y acariciante! Los años habían hecho lo suyo, pero el espíritu era el mismo. Aplaudí —aplaudimos— muchísimo. La ovación final duró varios minutos. Pensábamos que todo había terminado cuando la Berganza regresó al escenario y, para sorpresa de todos, cantó la Habanera de Carmen. Ella, que por muchos años, fue “la Carmen”. Fue uno de esos momentos únicos, esos que con los años la gente le cuenta —exagerando— a sus nietos: “Yo escuché a Teresa Berganza cantar Carmen en un teatro. Lloré de emoción”. Yo no tendré nietos, por eso lo cuento ahora.  

Publicado en la edición digital de la revista OnCuba

jueves, 14 de junio de 2012

Teófilo Stevenson, el campeón

Vi pelear a Teófilo Stevenson, alguna que otra vez por televisión. No me pregunten qué discutía, yo era demasiado niño. Pero recuerdo que mi papá se emocionaba con la pelea. Me decía: "nunca ha habido un boxeador tan elegante y al mismo tiempo tan fuerte como este". Mi hermano, que era más chiquito que yo, decía que cuando creciera sería como Stevenson. Y para apoyar su afirmación, me daba dos o tres piñazos duros. Terminábamos fajados y mi mamá nos separaba con una chancleta en la mano: "¡Aquí la única Stevenson soy yo!". Mi papá decía que Teófilo Stevenson era un hombre con verguenza:
—Le propusieron ocho millones de dólares y él dijo que prefería el cariño de ocho millones de cubanos. No todo el mundo es capaz de hacer eso. ¿Ustedes saben lo que son ocho millones de dólares?
—¿Y si te los hubieran propuesto a ti? —preguntaba yo.
—Pues yo prefiero el cariño de ustedes dos —respondía y nos abrazaba bien fuerte.
Eran buenos tiempos aquellos. Para el boxeo nacional y en mi casa.